Este mañana desperté con una lucidez extrema. Casi cualquier persona hubiese saltado con rapidez y aprovechado esa energía que se necesita (y raramente se encuentra) los lunes para encarar valientemente otra semana ardua de quehaceres. Pero no, mi cuerpo de hundía, marcando el colchón y sentía que ya llevaba décadas así. No hay dudas como la tristeza todo lo maximiza. Usualmente saber de Santa Fe, de mi equipo, verlo o al menos oírlo jugar se convierte en un aliciente para sobrellevar con cierto donaire las dificultades de la semana. Hoy, sin embargo, funciona todo al revés y la rutina del cotidiano es el aliciente prometido para disimular y olvidar mi tristeza. Y es que había demasiadas cosas en juego este 25 de mayo del 2008. Los días previos y la antesala de este domingo eso si, no daban sino a la fe para aferrarse. Hoy escribo con tristeza y decepción, pero no con esa parecida a la sensación que uno puede llegar a tener cuando la novia (o alguien extremamente entrañable) lo traiciona o simplemente lo abandona... No, en ese caso uno podría llevar su desahogo en palabras delirantes en contra de ella y del fatal destino. No, hoy esta tristeza es parecida a la muerte... y ante la muerte cualquier reclamo es absurdo y ridículo. Justo antes del partido escuchar al técnico Castro (de corazón que no me sale ni decirle mas "Pecoso") explicando las razones por las cuales excluía a Mosquera daban para un mal presagio, sobre todo porque los trapitos se lavan en casa y no se someten al escarnio publico. Y sin embargo aun no se acababa ahí mi fe. Yo no estaba allí, pero podía palpar nítidamente como la tensión santafereña se podía cortar con un cuchillo. El equipo no comenzó jugando bien y el rival se adueño de la pelota con una tranquilidad pasmosa y casi envidiable. Y llego entretanto el error con el que nos liquidaron muy temprano, a pesar de la larga agonía. Un mal pase en medio campo de ataque, un retroceso lento y con pocos jugadores termino con el balón pasando como jabón bajo el cuerpo de Julio. El partido no cambio demasiado después de eso, a excepción de la presión que ya anegaba la cancha del campin. El cambio de Toloza por un juvenil y estático Nazarith talvez fue un poco tarde (triste consuelo). Talvez igual nada hubiese cambiado. El par de entrevistas que escuché en el entretiempo me causaron dispares emociones, del lado de La equidad algunos comentarios ufanándose de su triunfo y de la impotencia del rival. Del otro lado, del nuestro, un Anchico que justo antes de iniciar el segundo tiempo dejo entrever una desazón profunda, un abnegado: " vamos a ver... a darle con todo" dicho sin mayor convicción. Pareciera que el calvario en la cancha fuera más soportable que el infierno en el vestuario que acababa de vivir. El segundo tiempo, una equidad absolutamente echada para atrás y un Santa Fe que mostraba abiertamente y sin tapujos lo último que tenía. Si, lo ultimo porque futbolísticamente estaba desnudo, a excepción de ese ultimo ropaje llamado vergüenza, llamado garra y llamado corazón también. Eso era lo último de un fútbol que en los últimos partidos había desaparecido. Y no desaparecido simplemente, pareciera que alguien lo hubiese robado, arrancado a golpes o mordiscos, como hienas robándose un botín ajeno. Y Castro, como para oscurecer aun mas el panorama daba saltos, gesticulaba y pronunciaba irreconocibles palabras mezcladas con horribles alaridos de desespero. Entretanto Flotta desde atrás armando desde su limitada capacidad ofensiva (pero ilimitada capacidad de batalla), Toloza con el ímpetu que creí reconocer de los primeros partidos, Julio lanzando profundos pelotazos y Leider revolcándose como presa entre esas jaurías que eran los centrales. Ganas si tuvo este equipo, pero la esterilidad del fútbol era cada vez más abrumadora. En un lugar recóndito del corazón aun palpitaba la esperanza que solo podría llegar vestida de una genialidad que rompiese los firmes pero inflexibles esquemas de La equidad. Pero no llego. Lo único que llego, al final y colmando cada espacio fue el abrumador ambiente de la tristeza. EL BANQUETE La mesa estaba servida, decorada y lista para aquellos que siempre estuvieron esperando (y otros maliciosamente planeando) esta caída, que les hace relamer los dedos. Había finalmente cedido la presa, nuestro SantaFe, después de las pequeñas y horribles dosis de veneno enterrado bajo nuestra piel. Dosis preparadas y disfrazadas en simpáticos e inofensivos empaques multicolor: "el Ferrari se pincha", " el equipo de los seis millones de dólares", "al pecoso siempre se le caen los equipos", "el bolillo suena para Santafe", "los hinchas rojos no acompañan"... toda esa putrefacta materia circulo en el torrente sanguíneo del equipo, corrompió los tejidos y nos fue matando. Ahora estos doctores del fútbol sentados en primera fila del banquete disfrutaran. Como medicuchos de una clandestina y sucia clínica de abortos han extirpado del Santa fe (y de nosotros los hinchas) los restos de una ilusión: nuestra estrella a mitad del 2008. Ahora, cuidadosamente se disponen después de haber matado la ilusión con sus cochinos instrumentos en nuestro vientre a recoger las desmembradas partes del cuerpo para verificar que su tarea esta completa. No para asegurar que la ex-gestante este en buenas condiciones (y como!) sino para asegurarse que han podido sacar todo lo que podían, y puedan despotricar, difamar y asentir triunfadores como profetas del augurado fracaso de una nave que partió llena de ilusiones. Y ya hasta veo al ínfimo hombrecito, aquel que intuye erróneamente que su sabiduría es tan grande como su amplia y brillante calva. También a algunos columnistas y a otras tristes hienas disfrazadas de hinchas multicolor a relamerse con las migajas del banquete.
Y nosotros, los dolientes, que? No podemos servir como el triste epilogo acostumbrado de las columnas de estos tristes personajes. Me niego a asumir este papel. La tristeza es genuinamente nuestra y cada cual decidirá que hacer con ella. COmo una larga crónica, (no se si trágica, cómica o esperanzadora), esta historia aun no termina. Aun no estamos eliminados y esto podría ser aun peor, dar motivo a los bufones para alargar su cena. Las gélidas e insaboras matemáticas (curiosamente) son las únicas que brindan este tenue rayo de luz llamado esperanza. Y es que un esta ahí. Esperamos que dentro de los restos de esta destrucción y podredumbre, renazca un Fénix, y demuestre que este ser de mitología es real... ah, así lucen ahora mis esperanzas y al mismo tiempo mi abrigo antes de cualquier resignación: la esperanza en un Fénix que aparezca en dos semanas emergiendo de las cenizas...
I commenti sono chiusi